El sueño de Friedman: TPP

28 Mar 2018

Por Nicolás Gómez Núñez[1]

 

“!Ya po’ niños¡, en el pasaje retumba la voz del conductor del camión apurando a sus compañeros que demoran más de lo habitual en la basura. En las últimas semanas de febrero entre el término de las vacaciones y la compra de los útiles del año escolar, hubo recambios en los objetos: salieron los sin uso y entraron los que al cabo de doce meses habitarán un rincón o la caja. Esta vez fueron juguetes los que atrajeron las manos de los trabajadores, la semana pasada un par de parlantes de computadora gastados por el trajín, con los cuales copé el “chauchero electrónico” que testifica mi bancarización cuando recibe mi salario. En los tiempos que corren, estos y otros cachureos vestirán de “colas” las calles del barrio para empalmar con las ferias de abasto. Así, en dobles jornadas en plazas laborales apatronadas y autogestionadas, con y sin previsión social, el trabajador se las arregla para “ganarse la vida”.

Es 23 de febrero de 2018, en menos de diez días nuevamente Sebastián Piñera asumió la Presidencia de la República y la presidenta Bachelet encabezó una delegación comercial en Japón. La prensa escrita destacó las reverencias hechas frente a estatuas: la monarquía japonesa en extinción y el memorial en Nagasaki, ambos ademanes irrelevantes si se los compara con el modelo que Chile representa en el Pacífico Norte. Chile, el nombre del modelo, ha sido capaz de sortear la salida de Estados Unidos de Norteamérica del Acuerdo Transpacífico de Asociación Económica. Este dispositivo fraguado por la diplomacia comercial, se señala, invitará a un poco más de ochocientos millones de personas para que compren nuestras exportaciones. Estos potenciales habidos consumidores se dibujan como un tercio de la cartera mundial, entremedio del Trópico de Cáncer. La pregunta evidente, mientras rechina el camión de la basura por el pasaje, ¿habrá crecimiento con equidad cuando entre en vigencia el TPP (Transpacific Partnership Agreement)?

La experiencia colectiva de la última década juega una respuesta negativa, la apertura comercial nos dejó sin la soberanía para realizar el proyecto de industria nacional, tomamos créditos de consumo para pagar lo que antes eran derechos y se produjo un abismo, a la altura de la cota mil, gracias a la flexibilización de las externalizadas plazas laborales del sector formal. Pese a estos antecedentes, insisto. En la biblioteca del congreso de la república, en su cara digital, encuentro un documento de Andrea Vargas, “Aspectos esenciales del capítulo de inversión del Acuerdo Transpacífico de Asociación”. Al cerrar la última de las trece páginas del escrito de 2016, aprendo dos cosas. Por un lado, Australia, Canadá, Estados Unidos, Japón y México, meditan cabizbajos sobre las consecuencias que el modelo puede tener en sus organizaciones productivas y en sus circuitos de ciencia y tecnología. Por otro lado, comprendo que la dinámica que adquirió el libre comercio en Chile, promovió un recelo ansioso en Trump para retirar a EEUU e inquietar a los industriales mexicanos. Perú, tragándose con aflicción las diligencias del clan Fijimori, comulga dogmáticamente con el modelo.

Como todos los procesos de modernización que hemos vivido, el modelo llegó envuelto en un circuito de ciencia y tecnología fechado en 1956. En 2007, el rector Rosende no sólo rememoró la alianza entre la Pontificia Universidad Católica, la Agencia de Ayuda Internacional de los Estados Unidos y la Facultad de Economía de la Universidad de Chicago. Al leer el conjunto de ensayos que él compiló, el uso de la despolitización para calificar el estudio de la economía, parece indicarnos que sus cultores se volvían inconmovibles e indiferentes aun cuando ante sus ojos “los pantalones largos” del cobre nacional y popular ardieran en Lonquén o la Junta Nacional construyera el “caso de los 119” con El Mercurio y La Segunda. Cuando ya corría marzo de 1975, la teoría se había politizado en las econometrías que Baraona, de Castro, Bardón, Lürders, de la Cuadra, Larroulet, Costabal, Salume, Lavín y otros, usaban para imponer el paradigma monetarista y, a punta de shock, desmontar tres décadas de una política económica que sustituía importaciones. A los financistas del modelo no les interesó la reducción de la mortalidad infantil, la extensión del sistema educacional técnico profesional, la creación del mercado de consumo interno, la emergencia de la clase media, la progresiva consolidación de la identidad profesional mediante la carrera funcionaria en empresas, los dos premios Nobel, la reglamentación del aborto, la consagración de los derechos reproductivos, la reforma agraria, la emancipación de la mujer y la instalación de los centros internacionales de estudios como la CEPAL y FLACSO. Ellos: Ahorromet, Banco Sudamericano, CMPC, Compañía Refinería de Azúcar de Viña del Mar, ELECMETAL, El Mercurio, Standard Oil Company Chile (Esso), Industrias Forestales, Compañía Manufactureras Chilenas de Algodón, FINANSA, Sociedad Minera Pudahuel y CPA, tenían otra vocación, expandir la cancha para el juego de los capitalistas.

El modelo ha sido exitoso instalando sentido común, la explicación es la profundidad de su performatividad. La refinada categoría se entiende enseguida, por ejemplo, cuando observamos que en una misma representación se confunde: mercado con capitalismo y capitalista con la posibilidad democráticamente distribuida de ser gobernantes de las inversiones y masas monetarias. José Piñera, esbozando una sonrisa, indicaría que hablamos del capitalismo democrático de las AFP. Usted arruga la frente, las cejas y levante la consigna: No + AFP. El conflicto se explica porque esa representación tiene matices si es que se sabe que viviremos veinte años más desde la fecha de nuestra jubilación, en un barrio de Arica, Limache, Quilicura, Recoleta, Neltume o en cualquier otro lugar donde dos veces a la semana sucede el encuentro entre productores y consumidores. Estas cadenas cortas de intercambio constituyen mercados locales que existen desde que hay uso de la razón. Recuerdo a varios gobernadores dirigiendo la violencia del Estado en contra de “tontas y locas” de las chinganas y otros puestos de la chimba, al costado norte del rio Mapocho, tratando de barrer con esta ley. En consecuencia, el mercado es inherente a la historia y no es suficiente para explicar el capitalismo.

Usted advertirá que en el mercado: feria, persa, cola u otro similar pero distinto al mall, los vecinos del barrio se encuentran, trascienden la compra venta, el regateo, bromean, pasean en familia, cantan, fuman, beben, se alimentan, comentan los padecimientos, organizan colecta, rifa, se enamoran, disputan la cuestión común, transmiten recetas culinarias y para guiarse en la vida. Esa realidad está próxima al ágora de Polanyi y relativamente lejos de los mercados de Braudel. Aquí esa economía es transparente porque cada cual puede saber lo que ha sucedido y anticipar lo que vendrá si, por ejemplo, se compra una manzana en mal estado. El reclamo será inmediato e inevitable. A sabiendas, el productor cuida a sus consumidores, está atento a sus gustos, caprichos y a la clave de su reputación, la relación justa entre calidad y precio. La usura le haría perder el saludo del vecindario y se haría acreedor del personaje miserable y codicioso en los cuentos del imaginario colectivo. En esos términos este mercado es transparente, no porque la información fluya, sino porque es difícil falsear el curriculum vitae sin recibir el escarmiento en el ágora.

Pero hay que distinguir. Así como existe el sentido de comunidad también existe el sentido egoísta del individualismo, y ambos pueden ser cultivados en escenarios apropiados. Las críticas de Stiglitz al TPP, van en este sentido. Él supone que las personas que alteran el curriculum vitae o que juegan con cartas marcadas, pueden construir un mercado en el cual se vuelvan indispensables en la relación productores y consumidores, y logren hacer maniobras como en la experiencia chilena. Ya es un caso el comportamiento del Tribunal Constitucional cuando impide que el Servicio Nacional del Consumidor goce de facultades normativas y sancionatorias sobre los mercados locales, en esa casuística se comprende el desempeño esencial de las asociaciones gremiales cuando liquidan la competencia gracias a la planificación central de precios, góndolas y consumidores, en los sectores de alimentos (CORPESCA, AGROSUPER/Aristía/DonPollo), salud (Farmacias Salco, Brand, Cruz Verde y Ahumada; encaje vertical entre las isapres y los servicios de salud), limpieza (CMPC y SCA), medios de comunicación, agua y explotación minera (SQM- partidos políticos).

Un historiador de las economías como Braudel o Polanyi, aconsejarían a Stilglitz considerar que ese segundo tipo de mercado, el capitalista, se adapta a las cualidades de los mercados locales y no puede existir sin ellos; o, según el enunciado de cobertura legal: el valor de intercambio de las mercancías está basado en el valor de uso que las cosas adoptan en la vida material. Nunca al revés. Y como lo demuestra su capacidad para instalar sentido común, es un capitalismo que bebe café en las cocinas del poder político, al mismo tiempo que elimina la competencia y la división del trabajo que tanto dolor de cabeza causa a los sociólogos. En consecuencia, los capitalistas no sufren la secularización y casi nunca se diferencian, en modo holding su existencia está atada al clan del “home” o “family office”. Pero esta condición no explica la forma concéntrica del modelo, dicha manifestación se debe más bien, a su capacidad para arrebatar bienes comunes e ingresarlos como herencias intercambiables entre clanes, o cuando planifican el precio, el lugar y la forma en que llegará a los consumidores de los mercados locales. Este es el sueño de Friedman, el que se renueva cada vez que el Tribunal Constitucional de la república defiende al “hombre de negocios” que cree en la libre empresa para busca “favores especiales para sí mismo”. Este sueño tiene obstáculos que vencer para que sea aclamado en la Sociedad Mont Pèlerin, entre ellos: arrebatar los derechos sobre el agua y la tierra a las primeras naciones latinoamericanas que están refrendados desde el 27 de junio de 1989, en la Conferencia General de la Organización Internacional del Trabajo, y que forma parte de la legislación chilena desde el 15 de septiembre de 2009. La propaganda en contra del Convenio 169 está en marcha desde fines de enero de 2018, y ¡qué duda cabe!, será impugnado durante los siguientes dos años, cuando se ajusten las leyes al TPP y así se controle a los mercados locales.

[1] Nicolás Gómez Núñez es Sociólogo, Doctor en Ciencias Sociales y militante de Izquierda Cristiana.

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