Sobre violencia y no-violencia. Por Álvaro Hernández Pieper

26 Mar 2018

*[1]

 

La fuerza de los revolucionarios

no está en su ciencia; está en su fe,

en su pasión, en su voluntad.

Es una fuerza religiosa,

mística, espiritual.

 

José Carlos Mariátegui

 

Los actos matonaje sufridos por el ex diputado y candidato presidencial de ultra derecha José Antonio Kast en una universidad del norte del país llaman a diversas reflexiones.

La primera y necesaria es repudiarlos enérgicamente, por constituir un modo de uso da la fuerza salvaje y vejatorio.

Una democracia exige la posibilidad de expresar todo tipo de ideas sin censura. Una sociedad abierta tiene como predialogal que las incluso ideas más excelsas deben confrontarse con aquellas más pedestres, inútiles o zafias, pues solo de ese plano de igualdad y no-censura pueden emerger decisiones políticas que tiendan a favorecer al conjunto de la sociedad. Lo contrario, no solo es brutalidad y estulticia, sino derechamente fascismo. No es la forma en que la izquierda se enfrenta a la construcción de una sociedad nueva.

Debemos condenar entonces la intimidación y el “gangsterismo” sin ambigüedades. Ni la amistad de José A. Kast con criminales escalofriantes, ni su desfachatez, ni su enrevesada forma de conducir falazmente los debates, ni su apología de la dictadura más horrorosa que conociera nuestro país da derecho a una horda iracunda de personas para linchar y abusar de su fuerza, mayoría numérica u otra posición de ventaja o superioridad. Los derechos civiles no se celebran de ese modo.

Así las cosas, sin ánimo empatar o validar conductas, este episodio nos llama a hablar sobre la violencia en serio.

Silo, gran pensador argentino, habla de la violencia como “el más simple, frecuente y eficaz modo para mantenerse el poder y la supremacía, para imponer la propia voluntad a otros, para usurpar el poder, la propiedad y aun las vidas ajenas.”[2] Es la opresión de una fuerza sobre otra, o de una conciencia sobre otra, o de una emoción sobre otra. No solo ejercemos violencia cuando hacemos desaparecer, matamos, torturamos, golpeamos, impedimos un debate en la universidad o amenazamos; también lo somos cuando no escuchamos, no toleramos, manipulamos a nuestro prójimo, impedimos el ejercicio de su libertad, prejuiciamos o invalidamos.

La mujer -generalizando en femenino- y su consciencia, de acuerdo a la filiación espiritual a que adscribamos, puede tener o no su origen o causa en un entramado cósmico que supera lo humano, pero no podemos negar que también sus creencias, anhelos, superación y miserias, son materiales y por tanto históricas. De ello se sigue que la violencia no es solamente un acto de reproche individual sino también posee una dimensión colectiva inescindible. No hay violencia sino en el marco de una relación social.

Las instituciones, vale decir, aquellas construcciones del quehacer humano colectivo permanentes y que trascienden a este, tienen su propia forma de violencia. 75 millones de personas sufren hambre en el mundo[3], 663 millones no tienen acceso a agua potable[4] y hay 65 millones de refugiadas y desplazadas que huyen de la guerra y la muerte.[5] Todo ello, no se debe a una “natural condición de pobreza o subdesarrollo”, sino a un determinado orden mundial de expoliación, matanza y negación del derecho a la autodeterminación de los pueblos.

En Chile, los actos de violencia institucionalizada son profusos: 391 mil familias viven en condición de hacinamiento (multiplique esto por 5 y sabrá cuántas personas no tienen un techo digno), mientras que otras 40 mil son tratadas eufemísticamente como habitantes de “viviendas no recuperables”[6]; se intenta resolver el conflicto mapuche con represión y montajes judiciales; se estrangula económicamente a medios de comunicación y se favorece, con publicidad estatal, a medios monopílicos que justamente son de propiedad de una oligarquía que financia la actividad política, dejando a la gran mayoría del país desprovista de libertad de información y formación cultural; se vulneran los derechos alimentarios del país con regulaciones que perjudican a los pequeños agricultores en pro de corporaciones gigantescas como Monsanto-Bayer; se imposibilita a los trabajadores de ejercer su libertad sindical, estableciendo modelos de huelga que no paralizan, manteniendo un nivel de sueldo promedio impropio del país que muchas vecen nos hacen creer que somos; etc. etc. etc.

¿De quien es la culpa? de la institucionalidad y sus promotores, grupos humanos que, estando en el poder, se mantienen en él, oprimiendo a las grandes mayorías por las vías ejemplificadas o muchas más.

Sin duda José A. Kast promueve esa condición histórica entre opresores y oprimidos. Sin duda él también es un violento, sin duda él ha violentado, desde su situación de poder, a muchas más personas y de modo más intenso que la violencia que ha recibido. Pero como no se trata de competir con el “premio al más violento”, y como corretear a un neofascista de un auditorio universitario tampoco resuelve el problema ni ayuda a resolverlo, es necesario pensar cómo podemos enfrentar esos sistemas de injusticia, más allá de la distinción simplona, de la que la derecha ha hecho alarde estos días, entre violencia verbal y violencia física.

Un camino de salida es entender que, siendo la opresión y la violencia una condición histórica, y por tanto social, abstraerse de un intento por eliminarla y marginarse de un esfuerzo de transformación, es un modo de complicidad y por tanto un modo de hacer violencia.

Quienes se comprometan con lo anhelos de liberación de las grandes mayorías subordinadas, se deben a un compromiso por erradicar la violencia, lo que lo que abre la posibilidad de optar por la no-violencia, tal como lo hicieran León Tolstoi, Mahadma Gandhi o Martin Luther King. Se puede elegir, como acción política eficaz, por ese “aprender a resistir la violencia que hay en ti y fuera de ti… [ese] reconocer los signos de lo sagrado que hay en ti y fuera de ti”[7]; ese dotar de sentido el mandamiento “no matarás” bíblico[8]; que ha permitido formas de resistencia e insubordinación civil que pueden cambiar al mundo, y que hoy día tienen la posibilidad de servir de estrategia para liberar a la Tierra entera de un modelo de violencia no institucionalizada. Pues basta un gesto para que cambie el umbral de la historia humana.

Este conjunto de prácticas de lucha, al ser una vías para entender, tanto los sistemas de violencia, como la violencia que entraña la conciencia individual, se relevan a una categoría sustancial y no solo instrumental de la lucha revolucionaria, y en consecuencia permiten proponer con creatividad un mundo realmente nuevo; una sociedad del buen vivir. La no-violencia no es un pacifismo o neutralidad estéril, como ya dijimos, cómplice del sistema, sino una forma de lucha, que solo puede emerger del desarrollo de una conciencia colectiva y popular, promotora e iluminadora de un nuevo orden social y económico.

Diversas organizaciones sociales y políticas chilenas han dado testimonio de esa forma de lucha. En eso, nuestro pueblo tiene experiencia.

 

[1] Álvaro Hernández Pieper es Abogado, Coordinador de Comunicaciones de la Izquierda Cristiana. Correo electrónico: contacto@izquierdacristiana.org, Twitter: @AlvaroHPieper

[2] SILO, “No-violencia y violencia, Recopilación de Comentarios y Charlas,” por Andrés K., Punta de Vacas, Argentina, noviembre 2017, p. 4. Recurso electrónico: http://200.55.58.50/WebPPdeV/Producciones/Andres_Koryzma/No_Violencia_y_Violencia.pdf al 26/3/18

[3] Portal web FAO, datos del año 2015: https://es.wfp.org/hambre/datos-del-hambre

[4] Portal web OMS, datos del año 2015: http://www.who.int/water_sanitation_health/monitoring/jmp-2015-key-facts/es/

[5] Portal web de ANCUR, agencia de la ONU para los refugiados, datos al 2016: www.ancur.org/recursos/estadisticas

[6] Portal web del MINVU, datos al año 2015: www.minvu.cl/opensite_det_20161120121745.aspx

[7] SILO, ídem, p. 2.

[8] Éxodo 20,13

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